7 agosto, 2026
Cantar a los 93 años

El 20 de febrero de 1835, un devastador terremoto de magnitud sacudió la zona centro-sur de Chile a las 11:30 am. El 20 de marzo de 1835, es decir, un mes después, la intendencia de Concepción nombró una comisión de tres científicos para evaluar los daños tanto del terremoto como del tsunami: el francés Ambrose Lozier, el venezolano Simón Rodríguez y el chileno Juan José Arteaga.

El 13 de agosto de 1835, es decir, casi cuatro meses y medio después, los tres científicos entregan al intendente de Concepción, José Antonio Alemparte, el documento titulado Informe presentado a la Intendencia de la provincia de Concepción de Chile por Ambrosio Lozier, Simón Rodríguez y Juan José Arteaga, nombrados para reconocer la ciudad de Concepción y sus cercanías después del terremoto del 20 de febrero de 1835, elaborado con el fin de evaluar los daños catastróficos del sismo y determinar si la ciudad debía ser trasladada a otra ubicación. En él diagnostican: “No quedó un solo edificio ileso: el mayor número de techos se hundió y ayudó a volcar las paredes; quedaron muchas de éstas en pie, pero hendidas, partidas o fuera de la vertical y, en las que conservaron esta posición, padeció mucho el asiento de los materiales: estos… por su mayor dureza, destrizaron el barro o la mezcla que los ligaba, y los macizos quedaron más o menos falsos”.

En el informe explican que Concepción “tiene sus defectos: un malísimo suelo, no se escurren las aguas”. Lozier, Rodríguez y Arteaga propusieron prohibir los segundos pisos pesados. Exigieron el uso de estructuras de madera flexibles encadenadas y techumbres más livianas para evitar que los muros colapsaran hacia dentro sobre los habitantes. Estos tres científicos insistieron en el rediseño geométrico y funcional, es decir, ensanchar las calles para que las ruinas de las fachadas no bloquearan las vías de evacuación en futuros sismos.

Simón Rodríguez impregnó el informe con su visión pedagógica y social. El plan contemplaba la creación de escuelas-talleres públicas integradas en la nueva traza urbana. El fin era que la misma población damnificada aprendiera oficios técnicos (carpintería y albañilería moderna) mientras reconstruía su propia ciudad en armonía con la madre naturaleza.

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