4 agosto, 2026
Mi lugar seguro: Alfa y Omega

Hace seis meses rescaté unas perras. Son dos mestizas, criollitas, nada del otro mundo, pero verlas juntas, unidas y tan jóvenes, tendrían unos seis o siete meses, cachorras aún, me encendió una alerta: pronto vendría el celo y en la calle… no quise imaginar. No lo dudé. Las subí a mi casa.

Pienso que podrían ser hermanas. Ambas muy nerviosas, se veía que habían sido maltratadas. No puedo hablarles en tono de regaño porque bajan las orejitas, se agachan y a veces una de ellas hasta chilla.

Lo cierto es que, al subirlas, había que bañarlas. Aparentemente mansitas… pero uno nunca sabe. Y ese «nunca sabe» resultó ser que la más llorona chillaba como si la estuvieran matando cada vez que le echaba agua. Era un escándalo; yo no sabía si reírme o regañarla. Eso retrasó bastante que pudiera terminar el baño.

Una vez bañadas, ya podían estar en casa; no olían mal, pero necesitaba empezar a mostrarles rutinas: dónde se puede y dónde no hacer sus necesidades. Pues ellas parecían venir de una escuela… lo entendieron todo ese mismo día.

Les puse un mecate a cada una, las saqué y sabían caminar con correa. Esperaron el ascensor, salieron del edificio y fue allí cuando la primera, a la que llamé Alfa, orinó, y acto seguido Omega, la gritona, también. Caminamos un rato, las volví a subir y se portaron tan bien que me senté a reflexionar: parecen hermanas, tan jóvenes en la calle… simplemente no pueden volver allí.

Una amiga vino a traerme algo y le dije que subiera. Entró y las dos le ladraron; la cara que puso fue todo un show. Como mi mamá llegaría en un mes, su primera pregunta fue: «¿Tu mamá sabe?» Yo solo me eché a reír y le propuse que me ayudara a encontrar un hogar para ellas.

Pasaron los días, las semanas, y llegó el viernes en que mamá aterrizaba. Les puse la correa, las monté en el carro y fuimos juntas a buscarla. Cuando mamá me vio, las dos movían la cola como locas, emocionadas por alguien que ni conocían… pero el alma se conecta.

Mi mamá me abrazó y justo en ese momento Alfa y Omega se paraban en dos patas, como queriendo participar en ese abrazo. Mamá las tocaba con una mano y ellas estaban más emocionadas que yo, que seguía preocupada por su reacción.

Para mi sorpresa, solo preguntó cómo se llamaban, las saludó, las mimó, y ellas como reconociendo a la abuela… Yo seguía nerviosa. La ayudé con las maletas mientras ella llevaba a las nuevas nietas. Ja, ja, ja.

Por el camino hablamos de mi hermana, de mis sobrinos, del clima, de la economía… todo «normal». Pero no tardó la pregunta: «¿Y desde cuándo tenemos perros en casa?» Un silencio incómodo que Omega, la más chillona, rompió a su manera, jadeando y llorando a la vez. Para mi sorpresa, mamá se encargó de calmarla y me dijo que seguramente quería hacer pipí.

Mamá sí tenía experiencia con perros. Yo no, o casi: solo había tenido uno de pequeña y por poco tiempo. Esto era «el paquetón». Nunca había sido responsable de un perro y menos de dos. Esperaba un conflicto que nunca llegó; las chicas superpoderosas conquistaron a su abuela.

Pero todo iba más allá de eso. Era una conexión. Mi mamá las entendía como si le hablaran y yo me sentía tan bien viendo algo tan nuevo para mí. Le planteé la posibilidad de quedarnos con ellas y mamá solo dijo que había que esterilizarlas, que estaban en buena edad.

Me encargué de todo: la jornada, el ayuno, llevarlas. Mi mamá se ocupó de Omega porque la entendía mejor, y yo, la novata del año, me quedé con Alfa. Debo confesar que son muy distintas: Alfa se recuperó al segundo día, comió, estaba como si nada. Omega fue un drama entre chillidos y el no querer comer, así que mamá le daba la comida con jeringa. Lo cierto es que se recuperaron pronto, nunca les llegó el celo estando con nosotras y hoy puedo decir que tengo dos perritas.

Las dos se entienden con mi mamá como si tuvieran un traductor. Yo aún estoy aprendiendo y es muy cómico: mamá me dice «no le des eso a Omega, no se lo va a comer» y yo, con toda mi terquedad, «no señor, esto es lo que les voy a dar a las dos»… y efectivamente no se lo come. ¿Telepatía? ¿Conexión de almas? ¿Habla en idioma perro? Nunca lo sabré.

Lo que sí sé es que me alegra tanto haber cambiado sus vidas. Ya no son tan nerviosas, aunque Omega sigue siendo dramática y Alfa es muy activa. No las cambio por nada. Sin mi mamá, todo sería distinto; aún estaría descifrando si quieren salir o comer.

Las volvería a rescatar. Las paseo con orgullo: mestizas, dulces, educadas y, para mí, lo mejor del mundo. Mi lugar seguro: Alfa y Omega.

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