27 julio, 2026
El aviso de las guacamayas

Para esa fecha debía estar en París —ciudad sede de la Unesco—, pero una demora en la tramitación de la visa francesa determinó que los terremotos del 24 de junio me sorprendieran junto a mi pequeña familia en Caracas. A las 6:04 pm de aquel miércoles feriado, día de la Batalla de Carabobo, nos encontrábamos entre los árboles del Parque Generalísimo Francisco de Miranda, retirándonos después de una tarde de actividad física que incluyó chutes a un balón de fútbol y pedaleadas en un botecito azul por el lago artificial del histórico Parque del Este. Ya de salida, con los muslos endurecidos, acercándonos al atardecer, pasamos por donde los monos, el estanque de la nutria y las jaulas con distintas especies de aves. Estas últimas nos llamaron mucho la atención. Un gavilán encerrado hizo una maniobra que le permitió escapar del cautiverio y voló libre hacia los árboles. Unas guacamayas silvestres, con su escándalo característico, volaron rasantes por encima de nosotros y de las jaulas que exhiben a sus hermanas prisioneras. Una de las libres se posó fuera de la rejilla para darle compañía a una de las cautivas. “¡Vámonos ya! ¡Las guacamayas nos están avisando que viene lluvia!”, dije, convencido de que eso traducía la conducta de los alados con aquel cielo encapotado. No tuve mayor poder de convencimiento. “Ni que fuéramos de azúcar”, obtuve por respuesta. Pasaron varios minutos hasta que mi esposa y mis pequeños hijos aceptaron tomar rumbo al estacionamiento. Exactamente a las 6:04 pm apunté mi teléfono hacia el firmamento para fotografiar el contraste entre éste y las hojas de los árboles, por entre las cuales todavía se divisaban más pájaros. Y entonces todo comenzó a moverse, el pavimento se tornó en oleaje y los cuatro intentamos un abrazo en medio de la interminable centrífuga. Una voz infantil condicionó nuestro comportamiento. “¡Hay que mantener la calma!”, exclamó muy serio uno de nuestros chamos, que al igual que su hermanito venía de participar en un simulacro de terremoto organizado por sus maestras con apoyo de Protección Civil exactamente el día anterior.

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A unas cuadras de allí, en una esquina de Los Palos Grandes, el arquitecto Nelson Rodríguez frenó su carro ante un semáforo rojo y de pronto sintió el bamboleo. Ante sus ojos, en medio de una estruendosa nube de polvo, se vino abajo el edificio Petunia. No podía creerlo. Tomó su teléfono y se lo comunicó a la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, quien días atrás lo había nombrado ministro de Ecosocialismo y presidente de Inparques. La segunda llamada fue para el director del Parque Generalísimo Francisco de Miranda, a quien ordenó mantenerlo abierto más allá de su horario regular para recibir a las familias que requiriesen cobijo en sus espacios descampados y, por tanto, seguros. En la primera oleada llegaron cientos de personas. Luego de una fuerte réplica se transformaron en miles.

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Carlos Javier Marcano, octogenario hermano de la vida, estaba en su apartamento del edificio Costamar II de Tanaguarena. Desde la muerte de Alicia, su esposa, vivía allí solo. Una fractura de columna lo mantenía en cama. Fue uno de los fundadores de Radio Gulima, un medio comunitario de los Altos Mirandinos al que se consagró con entusiasmo junto a Carlos Rafael Fernández y Pompilio Santeliz, mientras sus fuerzas se lo permitieron. La señora Eglée, quien lo atendía en su convalecencia, acababa de abandonar el edificio cuando la estructura se desplomó, cegándole la vida a El Chamaco, como cariñosamente lo llamaban sus seres queridos.

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Infinita mejor suerte corrió Jennifer, hija de mi hermano Mario. Logró mi sobrina salir de su casa junto a su esposo y su pequeño hijo de 9 años. Los tres, sin embargo, experimentaron un infierno: los gritos de auxilio y lamentos de víctimas y familiares precedieron el desplome en cámara lenta de un edificio vecino, entre muchos otros que se vinieron abajo en Caraballeda. Su esposo salvó la vida de varios abriéndoles un boquete en un muro justo antes de que la estructura se precipitara.

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A José Ignacio Jiménez y María Clemencia López los conocí en San Juan de Puerto Rico cuando presenté mi libro Abril, golpe adentro en la sede del Colegio de Abogados en 2011. María Clemencia fue embajadora de Venezuela en Cuba, Trinidad y Tobago y República Dominicana. José Ignacio, boricua, sociólogo e historiador, estudioso de la filosofía, era militante independentista. Yo solía presentarlo como “embajador de Puerto Rico en Caracas”. El matrimonio vivía en El Marqués, en Caracas. La remodelación de un baño los llevó a alojarse unos días en su pequeño apartamento de playa en el edificio Palma Real. Murieron juntos, como juntos estuvieron desde que se conocieron y enamoraron en la sede de la ONU, en Nueva York, donde ambos trabajaban, ella en la misión de Venezuela y él en la de España. No dejaron descendencia biológica, pero sí camadas enteras de hijos y hermanos de la vida en la isla y tierra firme.

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Robert y Yanadid también eran esposos. Vivían en Caracas y en un momento dado decidieron establecerse en La Guaira. Ambos fueron mis compañeros de trabajo en el Ministerio de Cultura. En sus ratos libres estudió Robert repostería y para redondearse en diciembre vendía los panes de jamón más generosos. Les sucedió lo mismo que a José Ignacio y María Clemencia, pero junto a la mamá de ella -su suegra- y su pequeña hija.

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A la memoria de ellos, y de todas las víctimas, tengo el propósito de dedicar un libro sobre las historias pendientes por contar acerca de este año telúrico.

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