Adiós a las vacas sagradas
En nuestra sociedad se sobrevaloraba la capacidad mnemotécnica de algunos paisanos, nacidos con una biblioteca al lado, dotada de esos dispositivos de conocimiento denominados enciclopedias. La lectura, la posibilidad de viajar y el dominio de otros idiomas le daban la ventaja de estar al día con lo más reciente del pensamiento occidental. Poseían creatividad y rebeldía.
Tenían el monopolio del conocimiento, editoriales, páginas literarias, de opinión, el circuito cultural y sus instituciones, premios y galardones. Ello los convirtió en una élite. Nada de esto les quita lo bailao, lo tomao y lo fumao. Crearon una obra; sus críticas lograron de vez en cuando poner nerviosos a chivos y peces gordos de la política, quienes, a pesar de despreciarlos, no dejaron de utilizarlos y hasta respetarlos. Algunos fueron zares, gurús y notables. Pero la única república que pudieron instaurar fue una peña en los bares del este de Caracas. Dominaron la cultura como gueto.
Se les conocía como las vacas sagradas, aunque siempre se colaba alguna cabra loca. Esas vacas sagradas se extinguieron; no las aniquiló nadie, sino el cambio tremendo en la democratización de la educación y de los medios de información y conocimientos. Esa élite de intelectuales y artistas no desapareció únicamente del plano físico, sino que su forma de pensar eurocéntrica, de derecha o de izquierda, comenzó a decaer a partir de las décadas de 1960 y 1970 cuando insurge un pensamiento liberador. Desde la teoría de la dependencia se elabora una crítica de la dependencia cultural, la ideología y la industria cultural en América Latina. Ese fue el principio de la extinción epistemológica de las vacas sagradas. A eso le siguió la especialización, la profesionalización y la tecnificación que acabó con aquellos océanos de sabiduría, incapaces de profundizar, investigar y diagnosticar problemas que la sociedad necesitaba resolver, no desde una opinión muy genial, sino con estudios disciplinarios o transdisciplinarios que, indiscutiblemente, no puede hacer una sola persona informada. La proliferación de centros de investigación, a pesar de contradicciones, egos y academicismo, ha democratizado el estudio de nuestra sociedad y el Estado le ha dado una importancia, como nunca había tenido, al fomento de la investigación desde una postura crítica. Las vacas sagradas quedaron en la nostalgia, la pasión de comprender no.
