19 abril, 2026
Estamos tan convencidos que erramos

Vivimos bajo un hechizo. No es mágico, sino mucho más poderoso: es racional, cartesiano, profundamente introyectado. Creemos que hay un mundo allá afuera, objetivo, independiente de nosotros, y que nuestra mente es un espejo —a veces fiel, a veces distorsionado— que debe reflejarlo para luego manipularlo. Esta certeza, que nuestra cultura da por incuestionable, es exactamente el error del que habla el título: estamos tan convencidos que erramos.

Lo que miles de místicos, desde los Upanishads hasta el sufismo, desde el idealismo radical hasta ciertas corrientes de la física cuántica, han señalado que esa separación es una ficción. No estamos fuera de la realidad mirándola desde una ventana. Somos la realidad misma generándose a sí misma a través del pensamiento. El pensamiento no representa la realidad: la realiza.

El gran antropólogo del imaginario Gilbert Durand nos enseñó que la cultura occidental ha privilegiado el «régimen diurno» de la imagen: el de la separación, la verticalidad, la lucha contra el devenir, el control. Ese régimen nos hizo creer en un sujeto puro enfrentado a un objeto bruto. Pero Durand también nos mostró que el «régimen nocturno» —el de la intimidad, el ciclo, el retorno, la generación— es igualmente constitutivo del ser humano.

Lo hemos reprimido, y con ello hemos reprimido la evidencia más obvia: que el mundo se teje con nuestros actos de percepción y pensamiento.

«El imaginario no es una desviación de la percepción, sino el propio crisol donde se forja lo real para el hombre.»  Gilbert Durand.

Edgar Morín, por su parte, lleva décadas advirtiéndonos contra la «razón mutilada». Su pensamiento complejo es un golpe a la razón clásica: no podemos conocer la realidad sin estar dentro de ella, sin ser parte de lo que conocemos. Para Morín, la separación sujeto-objeto es una abstracción útil para ciertos experimentos de laboratorio, pero una catástrofe epistemológica cuando la convertimos en cosmovisión.

«El conocimiento que no se reconoce a sí mismo como productor de realidad es un conocimiento ciego.»  Edgar Morín, El método.

Si el pensamiento genera realidad, entonces el error de creernos separados no es solo un error teórico: es un error práctico con consecuencias devastadoras. Porque si creemos que estamos separados, nos sentimos autorizados a manipular, dominar, explotar. Así hemos devastado ecosistemas, construido economías de extracción, y habitado nuestras relaciones como si el otro fuera un objeto más.

No hace falta ir a tradiciones exóticas. El propio maestro Eckhart, en el siglo XIV, decía: «El ojo con que veo a Dios es el mismo ojo con que Dios me ve a mí». El Advaita Vedanta lo resume así: «Eso eres tú». No hay un «eso» separado de un «tú». La realidad no es algo que esté ahí esperando que nos adaptemos: es algo que emerge con nosotros, a través de nosotros, en cada instante de conciencia.

Pero nuestra racionalidad diurna —la que mide, pesa, clasifica y cree que con eso ha explicado todo— se siente incómoda con esta idea. La rechaza porque no puede verificarla con sus métodos. Sin embargo, como señala el físico y místico David Bohm, el pensamiento que cree poder atrapar la realidad en conceptos es como un mapa que se olvida de que es mapa y se cree territorio.

Y aquí hay una confusión que hay que despejar. Decir que el pensamiento genera realidad no es caer en un solipsismo vulgar («todo es mi fantasía»). Es señalar que la realidad es un acontecimiento relacional: no hay un mundo en sí mismo independiente de toda mirada, pero tampoco hay una mirada sin un mundo que la sostiene. El pensamiento no es una causa externa que fabrica objetos de la nada; es el mismo proceso de la realidad volviéndose consciente de sí misma.

Como diría Maurice Merleau-Ponty, el mundo es «lo que percibimos», pero la percepción ya es una participación activa. No hay un puro dato sensorial previo al significado. El significado es constitutivo de lo real. Y el significado es pensamiento.

Si creemos que estamos separados, la única actitud «inteligente» parece ser la adaptación: conocer las leyes del mundo externo para plegarnos a ellas o modificarlas a nuestro favor.

Pero esta postura nos convierte en estrategas de una realidad ajena, nunca en co-creadores de una realidad compartida. El precio es la ansiedad crónica (porque nunca terminamos de adaptarnos) y la violencia (porque forzamos al mundo a encajar en nuestros planes).

La propuesta mística —y también la de una epistemología compleja— es radicalmente distinta: si el pensamiento genera realidad, entonces la responsabilidad es enorme. No se trata de adaptarse a un mundo ya hecho, sino de participar conscientemente en el hacer del mundo. Cada pensamiento no es un comentario sobre la realidad: es un pliegue en la trama de lo real.

Estamos tan convencidos que erramos. La convicción es el obstáculo. Creer que la separación es un hecho y no una construcción cultural e histórica. Creer que la razón diurna tiene el monopolio de lo real. Creer que adaptarse es más sabio que crear.

Despertar de este error no es fácil, porque el error se ha vuelto sentido común. Como apunta Gregory Bateson, el problema más grave de nuestra civilización es la «epistemología de la separación»: creer que somos un yo contra un mundo de ello. Mientras mantengamos esa creencia, seguiremos errando. No por falta de datos, sino por exceso de convicción.

El desencantamiento moderno no es solo un error epistemológico, sino una herida en la percepción misma. Como ha señalado Morris Berman, la ciencia moderna nos enseñó un gesto fatal: para conocer el mundo, primero debemos distanciarnos de él, reducirlo a un mecanismo inerte y vaciarlo de toda subjetividad. El resultado de esta operación es lo que él llamó el «desencantamiento del mundo»: un paisaje donde reina la «administración masiva y la violencia desenfrenada», donde los trabajos son idiotizantes, las relaciones vacías y la vida política un absurdo. Ante ese vacío, Berman no propone un retorno ingenuo a un animismo premoderno, sino un «reencantamiento» basado en la física cuántica, demostrando que la separación entre observador y realidad es científicamente insostenible. Frente a la razón mutilada que denunciaba Morín, Berman nos recuerda que recuperar la magia del mundo no es un lujo poético, sino la condición misma para una ecología real y una cultura que pueda relacionarse con la Tierra de manera gentil y autosostenible
La invitación, entonces, es ensayar otra postura: habitar la realidad como quien sabe que su pensamiento está tejiendo el mismo tapiz del que forma parte. Dejar de creernos espectadores para reconocernos partícipes. No para manipular mejor, sino para generar con más lucidez y más amor.

Porque al final, como dijeron los místicos y repiten hoy la física cuántica y algunos poetas: no hay afuera. No lo hubo nunca. Solo que estábamos tan convencidos de lo contrario que no podíamos verlo.

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