Adiós multitudinario

Entre las muchas cualidades que tiene la muerte, además de su puntualidad, es la habilidad de convertirlo todo en destino. Hay siempre una explicación: la gente se acaba y listo. Lo demás sobra. Fenecemos “porque nos toca” y punto. Es tal vez una de las argucias más comunes y en parte, más tramposas, pero, no hay de otra: resignación y consuelo, naderías, naderías. Quizás el olvido o quizás el recuerdo y ya.
Sin embargo, ¿Qué pasaría si la muerte no fuera suficiente para justificar el fin? ¿qué ocurriría si el pueblo optara por negar lo obvio y con un imaginario –consolador, añorante, terapéutico– no aceptara un cierre dramático y claudicador de su estrella? De haber llegado a este punto, permítaseme recordar el caso de Pedro Infante, el remate trágico de una existencia que parece que no quiso despedirse el lunes 15 de abril de 1957.
Como una mueca de lo impensable, el avión perteneciente a la flotilla de TAMSA que partiera de la península yucateca, nunca llegaría a su puerto, sino que iría a dar en las modestas casas merideñas de “La socorrito”. Serían las 8 de la mañana y las humildes viviendas numeradas con el 642, de la calle 54, con el intérprete de «Amorcito corazón», también pasarían a la historia.
El desplome de la nave –otrora bombardero de la Segunda Guerra Mundial– con matrícula XA-KUN, para usa un lugar común pero efectivo, cegaría las horas de un hombre y daría paso al nacimiento de un mito.
La decisión intempestiva de realizar un viaje a la capital mexicana en calidad de copiloto estaría vinculada con sus cuitas de amor. La presunta bigamia y la rivalidad entre su nueva compañera y su legítima esposa lo tenían alicaído. La querella entre Irma Dorantes y María Luisa Léon lo presionaban enormemente.
Hacía menos de una semana que el Tribunal Supremo de Justicia había anulado su matrimonio con su “ratoncito”.
¿Cómo fue que Latinoamérica perdió a uno de sus astros preferidos? Como toda respuesta de envergadura, como suele acontecer, versiones van y versiones vienen. Algunos acusan fallas mecánicas, falta de mantenimiento del aparato, ausencia de pericia del capitán Víctor Vidal Lorca, hasta otras causas más especulativas, como aquella del suicidio. No faltan algunas más rocambolescas que lo asocian al simulacro de su propia desaparición.
Más allá de la razón del accidente, no sería la primera vez de un siniestro aéreo relacionado con el “Ídolo del Guamúchil”. Pedro Infante era –igualmente conocido como el capitán Cruz– un avezado piloto con casi tres mil horas de vuelo, hecho que explica por qué su licencia, numerada 447, sería extendida hasta el 27 de febrero de 1954.
Las crónicas registran que cerca del mediodía del 16 de abril de 1957 arribaría a DF una masa calcinada de quien en vida fuera la humanidad del muchacho de Mazatlán. Familiares, amigos, empresarios y un nutrido grupo de artistas de la Asociación Nacional de Actores le daban su sincero hasta luego. El desorden y el desconcierto de miles de seguidores eran indetenibles. Todo el mundo lloraría al dios sinaloense. Ejemplo de ello sería el suceso registrado en la prensa venezolana en la cual se daba la noticia de que una caraqueña de 19 años, llamada Josefina Vaica, interrumpía su ciclo vital con una alta dosis de barbitúricos.
Ese era Pedro Infante, una luminaria generadora de pasiones.
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