19 abril, 2026
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En la historia de nuestra Independencia es común encontrarse con hombres y mujeres que fueron seguidores de la causa realista y que luego, con sincero fervor nacionalista, unos, o con reprochable oportunismo, otros, cerraron filas en pro de la opción antimonárquica.

Esta cuestión ha generado siempre polémica, porque si bien se trata de analizar los hechos pretéritos con meridiana honestidad, muchas veces las afinidades ideológicas salen a relucir, asunto que provoca en ocasiones la predominancia del juicio sobre la comprensión.

Es la mirada maniquea de buenos contra malos en un momento decisivo de nuestro devenir social, en el cual “convertirse” o comulgar con la fracción contraria cae inmediatamente bajo la sombra de la sospecha, como un calculado “salto de talanquera”.

Esta cavilación nos la incita Francisco Espejo, nacido en la localidad -hoy mirandina- de Siquire, el 16 de abril de 1758 y muerto en manos del temible José Tomás Boves, en Valencia, el 15 de julio de 1814.

Si tuviéramos que sintetizar algunas de sus acciones conocidas en una época de cambios, debemos decir que Espejo fungió como uno de los fundadores del Colegio de Abogados de Caracas; y además, fue fiscal de la Real Audiencia contra el movimiento revolucionario de Manuel Gual y José María España en 1797, y contra las expediciones de Francisco de Miranda en 1806, respectivamente.

En su actuación pública -entre 1797 y 1810- fue un abierto detractor de los seguidores de la edificación de un proyecto político distinto, después de tres siglos de colonialismo español.

No obstante, en los difíciles días de la deposición de las autoridades realistas y la consecuente Declaración de nuestra Independencia, abrazaría el camino de la liberación nacional.

Así se explica por qué para el 28 de marzo de 1811 sería electo como presidente de la Alta Corte de Justicia y casi seis meses más tarde, comisionado por el Congreso Nacional como Gobernador de Barcelona.

Ya en su retorno a Caracas al año siguiente sería escogido miembro del Poder Ejecutivo e integrante del Segundo Triunvirato. Poco se divulga que Espejo se desempeñaría, por corto tiempo, como Presidente de la República.

Como hombre de normas su pluma sumaría contra las cadenas hispanas, estando a favor de la capitulación estratégica de Miranda, medida que sería traicionada por la oficialidad usurpadora. Por su conducta Espejo sería detenido en La Victoria el 14 de agosto de 1812 y sufriría cautiverio hasta abril del año siguiente, cuando sería liberado.

Ganado a la senda emancipadora y bajo el liderazgo de Simón Bolívar, en el marco de la Campaña Admirable, ejercería la gobernación civil de Valencia. Después de ser nuevamente capturado sería fusilado en la plaza Mayor de la mencionada ciudad.

Evaluando su vida, más allá de la diatriba de sus antecedentes procoloniales, se debe escuchar la petición del gentilicio tuyero, que clama porque su prócer entre simbólicamente al Panteón Nacional.

El pueblo luciteño ve como un acto de justicia que Francisco Espejo ingrese al “Altar sagrado de la Patria”. Si ya figuras tan controversiales como Manuel Piar y Francisco de Miranda yacen en este lugar de memoria por antonomasia, por qué no hacer lo propio con nuestro jurista por excelencia. No incluirlo es negar la trascendencia histórica de un pilar de nuestros anales republicanos. Es hora de hacer lo debido.

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