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Dedicado a los 32 combatientes cubanos caídos el 3 de enero.
Conocí la isla siendo un adolescente. Eran las vacaciones de 1978 y mis padres, así como los de otros amigos, decidieron, en lugar de regalarnos un viaje a Disney World, mandarnos para el XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en La Habana, cuya consigna era “Por la solidaridad antimperialista, la paz y la amistad”. Fue así como un grupo de menores conformado por los hijos de Rafael Ángel Barreto, Pedro Calzadilla Álvarez, José Vicente Abreu, Rafael Saavedra Román, Elisa Jiménez y Natacha Márquez, entre otros, llegamos a la tierra de Martí y pudimos escuchar uno de los más memorables discursos de Fidel en la Plaza de la Revolución.
Durante una semana tuvimos el privilegio de evidenciar los logros de casi veinte años de revolución y compartir emociones con el pueblo cubano que ya mostraba signos esperanzadores de ese “Hombre Nuevo” en construcción. Recuerdo una vez que montándonos en una guagua le preguntó Pedrito Calzadilla al chofer “Señor ¿pasa por el capitolio?” y la respuesta del chofer inició con una aclaración, “Aquí los señores y señoritos se fueron hace 20 años. Aquí todos somos compañeros”.
Una noche, en medio de la muchedumbre en las calles, perdí a mi grupo y le pedí ayuda a un joven cubano que se ofreció a acompañarme al hotel pero, antes, debíamos pasar por la universidad para notificarle al profesor la razón por la cual esa noche no iba a poder asistir a clases.
Volví en los terribles tiempos de “Período especial” y, con más frecuencia, en los últimos cinco años. Duele la agresión a Cuba desde que decidió ser libre y faro de dignidad. La saña con la que castiga el imperio esta osadía ha llegado nuevamente a extremos inhumanos. Alcemos nuestras voces por nuestros hermanos cubanos. Ya basta.
