3 febrero, 2026
Cine y petróleo: una relación tóxica

La historia de los Estados Unidos no se puede narrar sin el rastro viscoso y oscuro del petróleo. En la gran pantalla, esta relación se ha consolidado como un vínculo tóxico, una danza entre el progreso y la degradación moral. Hollywood, en su capacidad de ser espejo y cirujano de su propia cultura, ha diseccionado cómo la fiebre del “oro negro” no fue más que una evolución violenta de la antigua búsqueda del oro: una carrera donde la ética se diluye en el subsuelo.

Directores como Paul Thomas Anderson y Martin Scorsese han liderado esta autopsia cinematográfica.

En ‘Petróleo sangriento’ (2007) —inspirada en la novela ‘¡Petróleo!’, de Upton Sinclair— Anderson nos presenta a Daniel Plainview, interpretado por un insuperable Daniel Day-Lewis, como la encarnación del capitalismo extractivo que lentamente se transforma en el “lobo del hombre”. Aquí, la miseria humana es expresión de la erosión del alma. La película retrata la doble moral de la sociedad norteamericana: el petróleo y la cruz caminan de la mano. La fe se convierte en una herramienta de control y limpieza de imagen para ocultar las argucias corporativas y el despojo.

Daniel Day Lewis. Foto: cortesía Paramount

Por su parte, Scorsese, en ‘Los asesinos de la luna‘ (2023), basada en la crónica de David Grann, expone la criminalidad sistémica. Con la infalible dupla protagónica conformada por Leonardo DiCaprio y Robert De Niro, el director narra el exterminio de la nación nativa americana Osage mediante una maniobra orquestada por la ambición del dinero fácil. La película funciona como una denuncia frente a las prácticas coloniales que el sistema WASP (blanco, anglosajón y protestante) ha intentado sepultar bajo una narrativa de “destino manifiesto”.

Esta tradición de denuncia se extiende a clásicos como ‘Gigante’ (1956), basada en la obra de Edna Ferber, que ya vaticinaba bajo la actuación del mítico James Dean, el choque entre la vieja aristocracia ganadera y los nuevos barones del petróleo, evidenciando el racismo y la exclusión.

En una era más moderna, ‘Horizonte profundo’ (2016) traslada la negligencia al plano técnico y corporativo, transformando la explotación en una catástrofe ecológica y humana que subraya la vulnerabilidad de la clase trabajadora frente a los gigantes energéticos.

Sin embargo, esta valentía crítica de Hollywood tiene un límite geográfico y político. Mientras la industria se permite diseccionar los pecados del pasado petrolero, mantiene un silencio sepulcral (salvo escasas excepciones) frente a la situación del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas). La “América profunda” que el cine critica por su religiosidad extrema y su violencia histórica es la misma que hoy sostiene un sistema de detención de migrantes que apenas asoma en las grandes producciones. Parece que para la industria del cine, es más cómodo denunciar la mancha de petróleo que señalar la opresión del presente.

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