El destino manifiesto en Macbeth
En reciente entrevista con periodistas de The New York Times, Donald Trump respondió a la pregunta sobre si existían límites a su poder global y este espetó que sí: “A su propia moralidad”.
La obra Macbeth, escrita por William Shakespeare a principios del siglo XVII, es una lección sobre la ambición desmedida y la justificación del poder mientras que el concepto del destino manifiesto surgido en Estados Unidos en el siglo XIX —y que es la base política que lo sostiene— comparten una base filosófica peligrosa: la creencia de que un resultado futuro está predeterminado y, por tanto, justifica cualquier acción en el presente.
En Macbeth, el protagonista recibe una profecía de tres brujas que le asegura que será rey. Macbeth no interpreta esto como una posibilidad, sino como un derecho inevitable. Esta “inevitabilidad” es el motor que lo lleva a asesinar al rey Duncan. De manera análoga, el destino manifiesto es la creencia de que Estados Unidos estaba —y está— destinado por Dios a expandirse de costa a costa (una antesala de la doctrina Monroe). Al igual que Macbeth, los expansionistas utilizan la idea de un “destino divino” para justificar acciones violentas.
Macbeth lucha inicialmente con su conciencia. Sabe que el regicidio es un crimen, pero su ambición lo convence de que debe “ayudar” al destino a cumplirse. Similar llamado asume los Estados Unidos al anular el dilema moral y presentar la expansión no como una elección codiciosa, sino como una misión civilizadora y una obligación religiosa.
Pero ambos conceptos desembocan en una espiral de violencia. En la obra, el reinado de Macbeth se convierte en una tiranía sangrienta para mantener lo que el destino le “prometió”. En la historia estadounidense, la búsqueda de ese horizonte infinito ha traído miseria. Cuando los hombres confunden sus deseos personales con el destino pierden su humanidad y operan bajo esa misma ceguera moral.
Hoy, que la humanidad se encuentra amenazada por una moral peligrosa, donde el derecho es interpretado caprichosamente y al margen de un sistema jurídico internacional que se creía consolidado después de la Segunda Guerra Mundial, el planeta entero debe echarle un parao al megalómano y sus acólitos porque al igual que en Macbeth, la apariencia priva sobre la realidad: “Lo que es justo es feo, y lo que es feo es justo”.
