Detener la diálisis es una decisión mortal
El cuerpo humano es una máquina de precisión donde los riñones actúan como un sistema de filtrado avanzado. Cuando estos órganos fallan y alcanzan la etapa de Insuficiencia Renal Crónica (IRC) terminal, la capacidad del cuerpo para eliminar desechos y equilibrar líquidos desaparece. Es aquí donde la diálisis interviene, no como una cura, sino como un sustituto tecnológico esencial para la supervivencia.
Se trata de un tratamiento médico que realiza artificialmente las funciones principales de los riñones sanos: eliminar las toxinas (como la urea y la creatinina), el exceso de sal y el agua acumulada en la sangre. Además, ayuda a mantener el equilibrio de minerales como el potasio y el sodio, y a controlar la presión arterial.
Armando Palancia, médico nefrólogo, asegura que existen dos modalidades principales de este proceso. La hemodiálisis, que es el proceso que se aplica cuando la sangre se extrae del cuerpo, se filtra a través de una membrana artificial en una máquina y se devuelve limpia al paciente.
El otro proceso es la diálisis peritoneal, que es cuando se utiliza el propio revestimiento del abdomen como filtro, introduciendo una solución especial que absorbe los desechos antes de ser drenada.
“Sin este proceso, el organismo entra en un estado de toxicidad sistémica progresiva que afecta a todos los órganos vitales”, asegura.
El peligro de la interrupción
Explica que la adherencia al tratamiento es el desafío más grande para los pacientes renales.
Muchas veces, por cansancio, dificultades económicas o falta de acceso, algunos pacientes consideran o se ven obligados a interrumpir sus sesiones. Sin embargo, las consecuencias de saltarse incluso una sola sesión son fatales.
“Cuando la diálisis se detiene, los desechos metabólicos comienzan a circular libremente por el torrente sanguíneo”, indica el especialista.
Explica que esto provoca el síndrome urémico, caracterizado por náuseas constantes, vómitos, fatiga extrema, confusión mental y un sabor metálico en la boca. A medida que los niveles de urea suben, el paciente puede caer en un estado de coma.
Debido a que los riñones fallidos no producen orina, todo el líquido que el paciente ingiere se queda en el cuerpo. Sin la diálisis para extraer este exceso, el líquido se acumula en los tejidos (edema) y, lo más peligroso, en los pulmones.
“Esto se conoce como edema agudo de pulmón, una emergencia médica donde el paciente siente que se asfixia, ya que el agua impide el intercambio de oxígeno”, afirma.
Riesgos
El riesgo más agudo es el aumento del potasio (hiperpotasemia). En niveles normales, el potasio ayuda al funcionamiento muscular y cardíaco, pero en exceso es letal. Sin diálisis, el potasio se eleva rápidamente, lo que puede provocar arritmias severas y un paro cardíaco repentino sin previo aviso.
Según la Organización Mundial de la Salud, se estima que la tasa de mortalidad para pacientes en hemodiálisis oscila entre el 14% y el 20% anual.
Esto significa que, de cada 100 pacientes, aproximadamente entre 14 y 20 fallecen cada año por causas relacionadas con su condición o complicaciones del tratamiento.
La supervivencia es significativamente mayor en pacientes jóvenes sin diabetes. En personas mayores de 75 años o con múltiples enfermedades, el riesgo de fallecimiento es mucho más elevado.
Es importante entender que los pacientes no suelen morir por la diálisis en sí, sino por las complicaciones que la enfermedad renal causa en el cuerpo:
El exceso de sodio y agua eleva la presión arterial a niveles peligrosos. Esto aumenta drásticamente el riesgo de sufrir accidentes cerebrovasculares (derrames) o infartos de miocardio.
El especialista asegura que es fundamental reconocer que la diálisis es un tratamiento demandante.
Los pacientes suelen dedicar entre 12 y 15 horas semanales conectados a una máquina, lo que genera un desgaste emocional significativo.
Sin embargo, los avances tecnológicos han permitido que, con una diálisis adecuada, los pacientes puedan llevar vidas productivas, trabajar y compartir con sus familias mientras esperan un posible trasplante renal.
La diálisis no es opcional para quien la necesita; es el puente que separa la vida de una muerte evitable por fallo multiorgánico. Interrumpir el tratamiento no solo acelera el deterioro físico, sino que somete al cuerpo a estrés en cuestión de días. No es solo un procedimiento médico, es un soporte vital.
Alimentación adecuada
- Cambios alimenticios. La alimentación es el pilar más difícil de seguir, pero también el más importante. El objetivo es no sobrecargar al organismo con sustancias que el cuerpo no puede eliminar fácilmente y que la diálisis tarda días en depurar.
- Control del potasio. Evita o limita alimentos como plátanos, papas, tomate, espinacas y chocolate. Un nivel elevado de potasio en sangre provoca alteraciones del ritmo cardíaco.
- Modera el fósforo. Reduce el consumo de lácteos, frutos secos y bebidas de cola. El exceso de fósforo debilita los huesos y puede causar picazón intensa y persistente.
- Prioriza proteínas de calidad. Consume carnes blancas (pollo, pescado) o claras de huevo según la cantidad que tu nutricionista indique para mantener tus músculos fuertes.
- Cuidado con la sal. La sal da sed. Reducirla al mínimo ayuda a controlar la presión arterial y la acumulación de líquidos.
