La cultura mundial se fractura ante la agresión a Caracas
La madrugada de este sábado, la tranquilidad de Caracas fue rota por el impacto de los misiles sobre posiciones estratégicas de carácter militar, lo que marcó un quiebre definitivo en la geopolítica del siglo XXI.
Tras los bombardeos ordenados por la administración de Donald Trump y el posterior reporte del secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera combatiente Cilia Flores, el mundo ha entrado en una espiral de reacciones donde la primera batalla se libra en el terreno del lenguaje.
La construcción de una «verdad unívoca» se iba tejiendo mientras las imágenes de las columnas de humo en la capital venezolana daban la vuelta al mundo: las grandes cadenas de televisión de habla hispana como Telemundo, Univisión, Caracol, DW, TV Española y NTN24 establecieron una narrativa casi instantánea. En sus emisiones, el uso de adjetivos como «dictador», “terrorista”, “narcotraficante” o «genocida» de manera recurrente y al unísono, se convirtió en sentencia extrajudicial previa, sin derecho a réplica, con la fuerza modeladora de las armas cognitivas que el propio presidente Maduro denunció hasta el hartazgo.
Como bien advierte la semióloga Ivonne Bordelois en su obra La palabra amenazada, este uso dominante del lenguaje busca establecer verdades universales que pautan el pensamiento de las masas. Al imponer etiquetas taxativas, los medios hegemónicos intentan anular cualquier matiz de soberanía, preparando el terreno psicológico para justificar la intervención militar como una «acción necesaria».
Frente a este cerco mediático contra Maduro (que Chávez toreó con osadía), la respuesta de los intelectuales no se hizo esperar. La Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (REDH) emitió un comunicado de urgencia denunciando lo que califican de «terrorismo de Estado» por parte de Washington. Para este colectivo, la acción es una «agresión imperialista» que hiere de muerte la proclama de América Latina como Zona de Paz.
En el ámbito anglosajón, voces como la de Richard Seymour y otros ensayistas en portales como CounterPunch y Bella Caledonia, han sido tajantes: «Estamos ante un golpe criminal que no solo busca el control de recursos, sino que debilita el derecho internacional, enviando un mensaje peligroso a regiones como Taiwán o Ucrania», advirtió Seymour.
Por su parte, el escritor Ron Jacobs ha señalado que el ataque es el clímax de una «campaña de máxima presión» donde la diplomacia fue sustituida definitivamente por la fuerza bruta.
El arte entre la alarma y el silencio
En las redes sociales, el pulso cultural se manifiesta con fuerza pese al momento festivo del año que vive prácticamente todo el planeta. Actores como Mark Ruffalo, conocido por su activismo crítico frente a la política exterior estadounidense, han comenzado a movilizarse bajo la consigna de «No a la guerra». Se espera que en las próximas horas se publique un manifiesto conjunto de figuras de la industria cinematográfica.
En el ámbito hispano, figuras que ya habían mostrado su rechazo a la retórica de Trump durante 2025, como Pedro Pascal, Eva Longoria y Gloria Estefan, han expresado su profunda alarma. Si bien las posturas son diversas, el sentimiento de rechazo a las víctimas civiles y al desplazamiento forzado que provocan los bombardeos parece ser el punto de unión en el gremio artístico latinoamericano.
La etiqueta #VenezuelaNoEstáSola se ha convertido en el refugio digital de escritores y artistas de Cuba, Bolivia y Colombia, quienes enfatizan la resistencia del pueblo venezolano. En contraste, sectores del exilio y figuras alineadas con líderes como Javier Milei han saludado la intervención, evidenciando su entrega a este nuevo orden mundial que pondera una renovada ley del más fuerte, sin contrapeso diplomático internacional y enarbolando la nefasta Doctrina Monroe que tanto impacto generó sobre este inmenso territorio de dignidad llamado América Latina, conocido como “el patio trasero” por los gobiernos norteamericanos.
