Las cinco tumbas del Libertador
Ocaso y olvido de sus compatriotas
Proscrito y execrado por la elite antibolvariana, el Libertador el 8 de mayo de 1830 embarcó en el puerto de Honda con fines de abandonar Colombia. Con ese propósito llegó a Cartagena, pero atacado por la atrabilis y un catarro infernal que le consumía, siguió a Barranquilla esperando mejorar su delicada salud. Sin un resultado favorable que le animara, buscó refugio en el benévolo clima de Santa Marta. Un navío lo condujo a aquella ciudad a la que no obstante tantos años de lucha, era la primera vez que allí arribaba.
Desde el momento cuando descendió de aquel navío, el gobernador púsole a disposición los servicios de un joven médico francés. Durante los primeros días, el médico Reverend y el cirujano de una goleta norteamericana surta en la rada, acordaron un inicial tratamiento para el catarro pulmonar crónico que diagnosticaron. No siendo efectivo aquel brebaje, le sugirieron optar por un refugio más saludable para superar el estado de postración en que estaba, de aquella sugerencia a cinco días de estar en Santa Marta se mudó a una hacienda cañera a las afueras de la ciudad, propiedad de su amigo español Joaquín de Mier, dueño del bergantín que lo había traído a esta ciudad. Allí debido al aire fresco el Libertador, según lo anotó en sus reportes el médico, fue sintiendo una leve mejoría.
No obstante los esmerados cuidados, Infructuosos fueron los esfuerzos de aquel joven galeno para mitigar las calenturas, la tos, las náuseas y el viscoso esputo que anunciaba la mortal enfermedad.
Pasados quince días de su arribo a esta hacienda, el doctor fue interpelado por el general Montilla inquiriendo un diagnóstico real del estado del paciente “Me recogí un momento para contestar la imprevista pregunta y le dije. Señor general con el más profundo sentimiento, participo a vuestra excelencia que la enfermedad del Libertador no tiene remedio”. Anotó en su diario el joven cirujano que aquel hombre se dio una fuerte palmada en su frente al tiempo que vio brotarle algunas lágrimas de sus ojos. Dos días después Según el informe número 33, el viernes 17 de diciembre a la una en punto de la tarde, el Excelentísimo señor Libertador expiró.
Cumpliendo con el decreto de duelo y los rigores de ley, al cuerpo inerte se le realizó la autopsia correspondiente, determinando que la causa de su deceso, fue el efecto de una tisis pulmonar. Seguidamente, el cuerpo fue embalsamado y llevado a Santa Marta para su velatorio.
El sepelio y primera tumba.
El sábado 18 no había otro comentario en Santa Marta que el deceso del gran héroe. Desde el morro la batería hacía sonar estruendosos cañonazos cada media hora, haciendo más luctuoso aquel triste acontecimiento. Las autoridades todas vestían de luto, al igual que los humildes pobladores, fueron pasando frente al catafalco colocado en el segundo piso de la Aduana de Santa Marta. No hubo para ese riguroso momento una urna disponible, por lo que el cuerpo del Libertador fue expuesto con sus galas militares sobre una tabla vestida de lino blanco, hasta que por medio de la donación de seis tablas sacadas de un roble de la finca de doña María Telesfora Romero, pudo solventarse aquella injustificable omisión.
La aduana, que había sido por cinco días morada forzosa del Libertador, ahora se convertía en capilla ardiente. El día lunes 20 de diciembre en medio de una nutrida procesión, la urna con sus restos mortales fue llevada por las calles de la ciudad en un despliegue luctuoso, el cual era acompasado por las continuas salvas de cañones que se oían desde la fortaleza Santa Bárbara. Así, luego de un largo y pausado ceremonial, la comitiva llegó hasta las puertas de la catedral de Santa Marta, en donde se depositaron los despojos mortales del gran héroe, en medio del sonoro repique de campanas. Al instante en que se cerraba la cripta se apagaron los sonidos y se dejó oír el último cañonazo.
La segunda tumba
El 22 de mayo de 1834 un fuerte movimiento telúrico sacudió la ciudad, secundada por continuos temblores en los días subsiguientes. Tal suceso afectó el techo de la Catedral y fracturó sensiblemente el panteón de la familia Días Granados, donde reposaban los restos. De aquel fatal incidente testimonia el que había sido oficial del Batallón Rifles, capital Joaquín Anastasio Márquez, dijo ver a dos sujetos penetrar en las ruinas de la Catedral y extraer de la fracturada cripta la urna del Libertador con intenciones de embarcarla en una pequeña chalupa que les esperaba en la playa. Con espada en mano, aquel honorable sujeto enfrentó a los indignos extraños haciendo que desistieran de tan bochornosa intención. En previsión de un nuevo atentado, la urna fue llevada a casa del Juez político Manuel Ujueta en donde permaneció por tres días, considerándose, aunque por escasos días, formara parte de las tumbas del Libertador.
Tercera tumba
En abril de 1838 María Antonia Bolívar se dirigió al presidente Soublette instándolo que se cumpliera con el deseo póstumo de su hermano, de reposar sus restos en la ciudad que lo vio nacer. No obstante las varias diligencias familiares y del presidente, el congreso dilato aquella petición por cuatro años, concretándose dicha la solicitud cuando aquella noble dama había fallecido sin ver realizado su anhelado deseo. Así, en 1842, una comitiva encabezada por el prestigioso médico José María Vargas llegó a Santa Marta para certificar y trasladar las cenizas del gran caraqueño a su ciudad natal. El 22 de noviembre de 1842 en medio de salvas de cañones y una gran multitud, el féretro fue conducido en una falúa hasta la goleta Constitución que le espera en aquel apostadero. El 13 de diciembre atracó la nave en puerto de la Guaira y el 17 fue llevada la urna hasta la iglesia San Francisco en donde se le rindieron las exequias correspondientes. Luego de los actos, el decorado ataúd fue depositada en el panteón de la familia Bolívar en la Catedral de Caracas.
Cuarta tumba
Por 34 años las cenizas del Libertador permanecieron en aquel panteón hasta el 28 de octubre de 1876, cuando por decreto del presidente Guzmán Blanco fuera remodelada la iglesia de la Santísima Trinada y convertida en Altar de la Patria a los fines de trasladar a aquel digno mausoleo, el féretro contentivo de las cenizas del ilustre hijo de Caracas.
Quinta tumba
Motivado por las dudas que desde hacía varios años se venía ventilando en cuanto a la causa real del deceso del libertador y de inclusive la de si los que estaban en el Panteón Nacional eran los verdaderos restos del padre de la patria, el presidente Hugo Chaves Frías ordenó, el 16 de julio de 2010 su exhumación, la misma fue dirigido por el forense Nelson Llorente y un equipo multidisciplinario del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Concluido el proceso sin ningún resultado adverso, se hizo construir como anexo al existente, un nuevo Mausoleo en el que se colocaron por última vez, las veneradas cenizas del más ilustre de los americanos.
