La Navidad y el síndrome del niño hiperregalado, cuando el juguete no llena el vacío
Hay escenas que uno ve en diciembre y que ya son parte del paisaje. Desde luces en modo discoteca, el arbolito torcido porque el gato lo tumbó, y un niño abriendo regalos como si estuviera en un “raspa y gana” emocional.
Cuando suenan las 12 campanas del 24 de diciembre y se anuncia la llegada del niño Jesús (o Santa), es común ver cómo los chamos no terminan de romper el papel del primer regalo cuando ya están preguntando por el segundo. Y uno, mirando desde el mueble con la hallaca medio fría o el trago de ron o ponche de crema, piensa: “Pero ¿cuál es el apuro?”.
Pues, esto no es más que la entrada de un universo llamado síndrome del niño hiperregalado que, aunque pocos lo conozcan, no es más que una realidad tácita que vemos de forma casi “tradicional” en cada Navidad.
La locura del “dale otro, total es diciembre”
No nos engañemos, esto no nació porque los niños sean ansiosos. Esto nació porque los adultos venimos arrastrando un gentío de culpas. Bien sea por trabajar mucho, por estar cansados. por no tener tiempo, por no poder darles la infancia que juramos que iban a tener. Y diciembre, que es tan emocional, nos explota ese botoncito sensible.
Entonces pasa lo inevitable. Cuando el billete cae en la cuenta, sobre todo los aguinaldos, comienza una batalla por buscarle cada capricho que el niño o niña haya pedido al niño Jesús o Santa y aquellos pensamientos u opiniones que llegan sin cesar: “Ay, pero cómprale el otro carrito, pobrecito”, “Ese muñeco sí, ese muñeco se lo merece”, “Total, para eso son los aguinaldos”. Y así vamos, como si enero no existiera y sus 31 días interminables que parecen como 80.
Además de ello, seamos sinceros, de los 30 juguetes que le damos a nuestros chamos, solo terminan jugando con 2 o 3. El resto termina lleno de polvo en su cuarto porque lo usa una vez al mes. Mientras esto pasa, nuestra cartera llora en silencio y nuestra mente comienza a reprocharse y arrepentirse de haber gastado tanto en ese juguete.
La ciencia detrás
Si es necesario ponernos serios en el asunto, tenemos que decir que este síndrome es complejo y ha sido estudiado con lupa. Un experimento realizado por la Universidad de Toledo (Ohio) demostró que los niños juegan mejor, más tiempo y con más creatividad cuando tienen menos juguetes disponibles.
Cuando se les coloca frente a demasiados objetos, el resultado es claro. Comenzar a saltar de uno a otro sin profundizar, se aburren más rápido y no desarrollan juego significativo. En pocas palabras: Más regalos no significan más felicidad, sino menos concentración, menos creatividad y menos disfrute.
Esto se ve en otros países y también en el nuestro, y con mucho ahínco. Aquí no se trata de que los niños «quieran mucho», sino de que los adultos nos sentimos en deuda emocional.
Aunque la vida siga acelerada, los papás se enfrentan a jornadas extendidas, estrés, falta de tiempo real con los hijos, aún más cuando son padres divorciados y, sobre todo, con esa sensación silenciosa de que “les debemos algo”. Aquí pasa que el simple acto de regalarles algo se convierte entonces en el atajo emocional más disponible.
Psicólogos infantiles consultados en América Latina lo han dicho: “Cuando un niño recibe demasiados regalos, recibe poca paciencia, poco límite y poco tiempo de calidad”, reseña un artículo de la BBC Mundo.
Daños emocionales
El niño hiperregalado vive en un carnaval sensorial cuando está acostumbrado a recibir esa tonelada de juguetes y sin saber qué hacer realmente. Por lo general esto es lo que suelen hacer:
1. Abren el regalo
2. Gritan de la emoción
3. Lo dejan
4. Buscan otro
5. Repite los primeros 4 pasos
6. Se frustra
7. Llora
8. No se conforma y pide más
De acuerdo con los especialistas, en este punto su cerebro no procesa pausas, no genera vínculo emocional con objetos, y su tolerancia a la frustración baja al piso.
Un análisis sobre materialismo infantil citado por Business Insider lo describió muy bien: “Los niños materialistas tienden a sentir menos satisfacción con lo que tienen y requieren estímulos constantes para mantener el interés”. Traducido al lenguaje criollo, el niño no necesita más regalos, necesita más oxígeno emocional.
Cuando uno observa estas escenas, bien si estás o no metida en la corredera parental, entiende algo simple y duro. Los regalos están intentando ocupar el lugar del tiempo, y este no se sustituye. No es que el niño pida más. Es que el adulto intenta compensar lo que no ha podido dar.
Manos a la obra, qué hacer
Aquí no se trata de convertir la Navidad en un retiro para liberar culpas o sanar heridas, sino de hacer que los regalos tengan sentido para los chamos. Esto es lo que puedes hacer:
1. Menos juguetes, más tiempo de juego: La investigación de Toledo confirma que 4 juguetes bien elegidos superan a 16 sin propósito.
2. Entrega con calma. No todo el mismo día. Aplica la fórmula pausa, emoción, pausa. Así se fija la memoria emocional.
3. Prioriza experiencias. Quedó demostrado en revisiones psicológicas sobre gratitud que los niños que viven más experiencias afectivas desarrollan menos apego al consumo.
4. Explica, no solo entregues y ya. Los regalos se valoran más cuando hay un relato y un vínculo detrás.
5. Tiempo real. No le entregues el regalo mientras estás revisando el teléfono. Está presente, de forma real, así que deja el teléfono en modo avión, porque el regalo que sí llena es un adulto presente. Recuerda que al final los juguetes se dañan, se pierden, se olvidan. La conexión no. Y esa, aunque suene cursi, es el único regalo que llena el vacío que el plástico no puede.
