20 marzo, 2026
La cifra es el pueblo

A veces, la política se disfraza de frialdad administrativa. Nos acostumbramos a ver los debates parlamentarios como un desfile de corbatas, maletines y hojas de cálculo ininteligibles para el ciudadano de a pie. Sin embargo, hay momentos en que la aritmética se vuelve trinchera y los números dejan de ser abstracciones para convertirse en el pulso vital de una nación que se niega a morir. La reciente presentación de la Vicepresidenta Ejecutiva, Delcy Rodríguez, ante la Asamblea Nacional no fue un simple acto burocrático; fue un parte de guerra y, al mismo tiempo, una carta de amor a la resistencia venezolana.

Al desglosar los Proyectos de Ley de Presupuesto y de Endeudamiento para el 2026, no nos encontramos solo con la gestión de recursos financieros. Nos topamos de frente con la gestión de la esperanza en medio del asedio. Venezuela, esa patria que Rodríguez describió acertadamente como «asediada, amenazada y agredida», no está planificando su economía desde la comodidad de un escritorio en aire acondicionado, sino desde la herida abierta del bloqueo y la cicatriz de la batalla diaria. Y aun así, contra todo pronóstico de los agoreros del desastre, el país avanza, recuperando músculo y dignidad.

La Matemática de la Dignidad

Lo primero que salta a la vista —y que debería ser motivo de insomnio para los teóricos del neoliberalismo— es una cifra que rompe con la lógica del capital: el 77,8%. Ese es el porcentaje del presupuesto destinado a la inversión social. En un mundo donde los gobiernos «serios» (según el FMI) recortan en salud y educación para salvar bancos, Venezuela destina casi ocho de cada diez bolívares a la gente.

Como historiador, me es imposible no mirar el retrovisor. Quienes vivimos la Cuarta República recordamos bien los presupuestos de entonces. Eran documentos de la exclusión, donde el mal llamado «gasto social» se veía como una carga pesada, una limosna necesaria para mantener la paz social, que nunca superaba el 40%. Hoy, la lógica se ha invertido. El presupuesto de 2026, que asciende a más de 5.000 millones de millones de bolívares, no es un gasto; es la sangre que oxigena el cuerpo social de la nación.

Este 77,8% se traduce en una realidad tangible: educación, salud, vivienda, cultura y la defensa integral de nuestro Esequibo. No estamos hablando de números en el vacío, sino de la garantía de los derechos fundamentales en un escenario de guerra no convencional. Es la demostración empírica de que, para la Revolución Bolivariana, el ser humano no es un recurso sacrificable en el altar de la macroeconomía, sino el fin último de toda política de Estado.

El «Sabor a Pueblo»: La Ruptura Epistemológica

Quizás el aspecto más revolucionario de esta presentación no esté en los montos, sino en el método. La Vicepresidenta señaló algo que pasaría desapercibido en cualquier parlamento burgués: este presupuesto no se cocinó en las oficinas de los tecnócratas, sino en el barro de la historia viva. Fue elaborado en más de 100.000 asambleas comunitarias.

Aquí es donde la Historia Insurgente cobra vida. Ya no es la historia de las élites decidiendo cuánto le toca al pueblo; es el pueblo decidiendo cuánto necesita para vivir con dignidad. Es un presupuesto con «sabor a pueblo», donde se aprobaron 33.206 proyectos elegidos a mano alzada por la gente: escaleras para el barrio, techos para la escuela, agua potable para la comunidad.

Esta participación directa, que acumula una inversión de 262 millones de dólares decididos por las bases, representa una ruptura epistemológica con la democracia representativa clásica. No estamos ante un Estado que «da», sino ante un pueblo que «toma» las riendas de su destino. Es la concreción del mandato del «pueblo soberano». Cuando una comunidad decide priorizar el agua o el transporte, está ejerciendo el poder constituyente originario. Está haciendo política en mayúsculas.

La Memoria contra el Olvido: Petróleo y Traición

La intervención de Delcy Rodríguez tuvo también el filo de una clase magistral de historia. Para entender por qué nos agreden, hay que entender qué tenemos. La agresión imperial no es por «democracia» o «derechos humanos»; esa es la retórica para ingenuos. La agresión es, y siempre ha sido, una «patraña de mentiras» para ponerle la mano a la reserva petrolera más grande del planeta.

La Vicepresidenta trazó una línea de tiempo dolorosa y necesaria. Nos recordó la dignidad del Libertador Simón Bolívar con su Decreto de Quito de 1829, protegiendo la propiedad de las minas. Nos recordó la valentía de la Petrolia del Táchira en 1878, un esfuerzo genuinamente nacional. Pero también nos obligó a mirar las sombras: la entrega vergonzosa de Guzmán Blanco regalando el Lago de Guanoco, y la abyecta sumisión de Juan Vicente Gómez, a quien correctamente calificó como el «primer lacayo de los Estados Unidos».

Esa memoria es vital. No podemos olvidar la «nacionalización chucuta» de 1976 bajo Carlos Andrés Pérez, una estafa maestra donde el Estado asumió los costos y las transnacionales se quedaron con el negocio y la comercialización. Frente a ese pasado de entreguismo, la Ley de Hidrocarburos de 2001 de Hugo Chávez se levanta como un muro de contención, estableciendo para siempre que PDVSA es de los venezolanos.

El presupuesto 2026 se fundamenta en esta defensa histórica. La recuperación de la producción petrolera, con una meta de 1,2 millones de barriles para fin de año, no es solo un logro técnico de la industria; es una victoria política contra quienes diseñaron el bloqueo para asfixiarnos. Cada barril producido es un acto de resistencia.

El Milagro de la Resistencia Económica

Resulta irónico, por decir lo menos, escuchar a los profetas del caos hablar de un «Estado fallido» cuando las cifras —incluso las avaladas por organismos internacionales como la CEPAL— dicen lo contrario. Venezuela se proyecta para liderar el crecimiento económico de América Latina en 2025.

No es un crecimiento de rebote; es un crecimiento de estructura. Un consolidado de 8,5% en el PIB es una bofetada a la política de sanciones. Pero lo más interesante es la diversificación. Ya no es solo petróleo (que creció un 16%); es construcción, es comercio, es manufactura. Ver que las exportaciones de mineral de hierro crecieron un 181% o que el sector agrícola ha disparado su producción de maíz y hortalizas, nos habla de un país que está aprendiendo a caminar con sus propios pies, superando la histórica dependencia de la renta petrolera.

La sustitución de importaciones, que cayeron un 9,5% gracias a la producción nacional, es la prueba de que el bloqueo, aunque criminal y doloroso, nos ha obligado a mirarnos hacia adentro y a redescubrir nuestras capacidades. La industria nacional, que en 2019 operaba al 20%, hoy roza el 50% de su capacidad. Eso es soberanía tangible. Eso es patria haciéndose.

Las 7 Transformaciones: La Hoja de Ruta

El presupuesto no es un saco roto; tiene una dirección clara enmarcada en las 7 Transformaciones (7T). La distribución de los recursos refleja una visión integral de la sociedad. Un 31% para la transformación económica y un 23% para la social demuestran el equilibrio necesario entre producir la riqueza y distribuirla.

Pero me detengo en un detalle: el 19% destinado a la «Ciudad Humana». Aquí hay una apuesta por la calidad de vida cotidiana, por los servicios públicos, por el derecho a la ciudad. Y un 5,5% para Seguridad y Defensa, cifra que, aunque parezca modesta frente a otras, es vital para garantizar la integridad territorial en tiempos donde los tambores de guerra suenan cerca de nuestras fronteras y la disputa por el Esequibo requiere más que retórica.

Conclusión: La Unidad como Escudo

La presentación de Delcy Rodríguez culminó con un llamado que resuena en la conciencia de cualquier patriota: la unidad. «Delante del enemigo no hay facciones ni partidos». Esta frase de Bolívar, rescatada en el hemiciclo, debe ser el mantra para el 2026.

El Presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, tuvo razón al sugerir cambiar el nombre de la Ley de Endeudamiento por «ley de compromisos». Porque lo que Venezuela tiene no es una deuda financiera con los banqueros del mundo; tiene un compromiso de honor con su propia historia y con el futuro de sus hijos.

Este presupuesto es imperfecto, como toda obra humana, pero es heroico. Es la hoja de ruta de un pueblo que decidió ser libre, cueste lo que cueste. Es la prueba de que, como dijo la Vicepresidenta, Venezuela se reinventa, no se somete y está emancipada.

Aprobado en primera discusión, este documento ahora va al debate público. Pero que nadie se equivoque: no estamos discutiendo números. Estamos discutiendo si tenemos derecho a existir como nación soberana. Y la respuesta, escrita en cada partida presupuestaria, en cada escuela que se reparará y en cada barril que se extraerá, es un rotundo y definitivo sí.

La cifra, al final del día, es el pueblo. Y el pueblo es invencible.

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