1 junio, 2026
El corazón de Irán (21)

Si alguien nos dice hoy que la sumisión, el silencio y la invisibilidad son partes integrantes de la “naturaleza” de la mujer musulmana. Decimos: eso es falso, dejemos que hablen los hechos históricos.

Analicemos la historia con frialdad forense y pasión por la verdad, como lo haría la doctora Brennan en la serie Bones: buscando en los “huesos” de la historia lo que la “piel” de la ideología ha ocultado durante siglos.

Buscamos a la primera persona en convertirse al islam. ¡Oh sorpresa! No fue califa. Fue una mujer: Khadija. Pero no era cualquier mujer. Khadija era viuda, rica, dueña de un imperio comercial, dirigía caravanas internacionales. Tenía empleados hombres. Y, lo más importante: tenía agencia.

¿Qué es tener agencia? Es la capacidad de actuar por voluntad propia, de decidir su vida. La prueba forense: ella eligió a uno de sus empleados como esposo (Mahoma), un hombre 15 años menor que ella. En un mundo donde se nos dice que la mujer es objeto, ella fue el sujeto que decidió amar.

Hay que decirlo alto y claro: la etapa germinal de la misión profética, el periodo fundacional del islam y la formación de la primera comunidad, se debe a la fortaleza, el liderazgo, el financiamiento y la agencia de una mujer. Khadija no vivía en un harem. No necesitaba permiso para negociar. Su rostro y su voz eran autoridad conocida en los mercados. La pregunta forense es devastadora: Si el islam nació en los brazos y bajo el auspicio económico de una mujer con tal poder y autonomía, ¿cómo terminó la mujer en la jaula?

Les robaron la historia. Tras la muerte de Khadija y del profeta, la “política de los hombres” y la fascinación por el poder secuestraron la narrativa. Figuras políticas y juristas posteriores, embriagados por la inercia imperial sasánida y bizantina, borraron la agencia de la mujer y la cambiaron por la obediencia.

Lo que hoy se nos vende como “ley divina” es lastre imperial fosilizado. Una imposición coercitiva que niega la historia fundacional.

Khadija es la prueba viva que desarma los prejuicios de Occidente y devuelve el orgullo a la nación: demuestra que la libertad femenina no es una importación extranjera, sino el estado natural originario que fue usurpado. La “Fuerza” estaba al principio: la igualdad y la unidad mujer-hombre como dialéctica de la naturaleza. Esa fuerza fue robada, no inexistente. Es vital saberlo, no es regalo, es justicia: las mujeres recuperan su agencia y dignidad.

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