Joel Ochoa busca capturar lo invisible
En el panorama de la fotografía venezolana, hay nombres que resuenan por su técnica, otros por su estética y unos pocos por su capacidad de capturar lo invisible. Es el caso de Joel Ochoa (Caracas, 1973), Premio Nacional de Cultura 2023-2024 en la mención Fotografía. Su obra no solo documenta: revela. Y lo hace desde una mirada que se ha forjado durante más de tres décadas de trabajo incansable, silencioso y profundamente comprometido con el alma del país.
Lo que traduce la fotografía de Ochoa es una conexión intensa con lo nuestro. Su lente se posa sobre la patria, ese que no aparece en los titulares pero que sostiene la identidad nacional. “Mientras algunos compañeros se van por el lado más convencional, yo siempre trato de esconderme, de convertirme en un hombre invisible”, confiesa. Esa invisibilidad le ha permitido acercarse a comunidades indígenas, convivir con ellas, entender sus ritos y retratar su cotidianidad desde adentro.


“Hay una parte ancestral, una herencia y una cotidianidad que muchos no ven. No es lo mismo ver una foto indígena que adentrarte en su mundo por 10, 15 días o hasta un mes”, afirma. Su trabajo en comunidades como el pueblo pemón de Santa Cruz de Mapaurí, en la Gran Sabana (estado Bolívar), ha sido constante durante los últimos 15 años. Cada visita implica al menos diez días de convivencia, de escucha y respeto.
En su trabajo, ha sido testigo de estructuras sociales que sobreviven al paso del tiempo. “Mapaurí es uno de los pocos pueblos que aún se rige bajo un consejo de ancianos”, explica. Este órgano, compuesto por los mayores de la comunidad, funciona como una especie de parlamento. “Son los diputados del gobierno de la Sabana. Cualquier decisión, interna o externa, pasa por ellos. Si no están de acuerdo, no se hace”.
Ochoa destaca el valor del “palabreo”, una práctica de diálogo que permite resolver conflictos sin violencia. “Son grandes mediadores. Su palabra pesa más que cualquier decreto. En un mundo donde tantas estructuras se han desvanecido, eso es profundamente revelador”.
La IA como veneno
Su relación con la tecnología es dilemática. Se acerca a ella, pero también la cuestiona. Para Ochoa, el dispositivo móvil representa la inmediatez, pero no la profundidad. “No podemos comparar un iPhone con una cámara full frame. La fotografía se estudia día a día, como el pintor, el poeta”.
Y, aunque reconoce que los teléfonos permiten capturar momentos fugaces, advierte sobre la confusión entre lo efímero y lo documental. “Las fotos bonitas para redes no son fotografía documental. No puedes ampliar una imagen de celular a escala sin perder calidad. Hay una deformación que nos hace pensar que el teléfono está matando la cámara. Y no es así”. En el debate sobre la IA, se muestra preocupado. “La inteligencia artificial puede ser como un veneno que se va colando”.


Admirador de Alexis-Pérez Luna y de Sebastião Salgado, advierte: “Cada vez que tomo una foto, cuento mi historia. No se trata solo de documentar, sino de hacer sentir”.
Lente activo
En su empeño por mezclar lo artístico con lo documental y el reporterismo gráfico, este licenciado en educación, diplomado en técnicas y artes fotográficas, especializado en corresponsalía de guerra, prevé una amplia agenda.
Está por participar en la VI BIenal del Sur; presentará un libro de fotografía de pueblos indígenas en español, inglés y pemón, que incluye 33 poemas; llevará su exposición sobre la Piedra Kueka a México; intervendrá en una exposición colectiva sobre el Esequibo.
Su deslumbrante trabajo fotográfico se puede apreciar en su cuenta de instagram @photo_joelochoa.


