23 abril, 2026

El actual sado-masoquismo social – Últimas Noticias

Derrotamos el fascismo - Últimas Noticias

Si resucitara en nuestro tiempo, el grande Giacomo Casanova, célebre escritor y aventurero veneciano del siglo XVIII, seguramente se sorprendería al descubrir que las dinámicas de seducción y poder que tanto exploró en su vida no han mutado. En lugar de los salones aristocráticos y los juegos de alcoba, encontraría un mundo donde el sadomasoquismo se ha infiltrado en las estructuras políticas, económicas, culturales y comunicacionales. El mundo se ha convertido en un espectáculo sado-maso, lo podemos ver todos los días en las declaraciones de los políticos en guerra y luego la triste realidad de los oprimidos.

El término «sado-masoquismo» evoca inmediatamente imágenes de prácticas sexuales patológicas, pero su trasfondo psicológico y filosófico trasciende lo erótico entrando en el área de la sublimación represiva y la dominación. Para Adorno y Foucault, el poder no es un ente estático, sino una red de relaciones que se ejerce y se resiste. En este sentido, el sadomasoquismo puede interpretarse como un microcosmos de las macroestructuras sociales: hay quienes ostentan el rol de dominadores (sádicos) y quienes aceptan —o incluso buscan— el papel de subyugados (masoquistas). 

En el contexto de los discursos políticos, el sadomasoquismo puede interpretarse como una relación perversa entre lo político y la población. Los políticos, en ocasiones, utilizan un lenguaje que glorifica el sufrimiento o la austeridad como algo necesario o virtuoso (masoquismo social), mientras que, por otro lado, implementan políticas que perpetúan el dolor o la opresión (sadismo estructural). Esto crea una dinámica en la que los ciudadanos, especialmente los más vulnerables, son llevados a aceptar su sufrimiento como algo inevitable o incluso noble, mientras que los líderes mantienen su poder y privilegios.

En la sociedad actual, este intercambio se manifiesta en fenómenos como la precarización laboral, donde los trabajadores y los profesionales internalizan la explotación como un «sacrificio necesario» (masoquismo), mientras que las élites corporativas justifican su autoridad bajo la retórica del mérito o la eficiencia (sadismo institucional).

Las redes sociales, por su parte, refuerzan esta dinámica: los usuarios se someten voluntariamente a la vigilancia algorítmica y a la validación externa, mientras las plataformas ejercen un control sutil pero omnipresente sobre sus deseos y comportamientos. 

Está también el sadismo visual extendido, que se observa en todas esas películas cada vez más detallistas y realista en la violencia, profundizando cada vez más en imágenes sádicas que no hacen ningún bien al inconsciente de las personas y más de los jóvenes.

Casanova fue un personaje que encarnó la contradicción entre el hedonismo individual y las restricciones morales de su época. En el siglo XXI, su espíritu libertino chocaría con un panorama donde la libertad se ha convertido en una mercancía. Las sociedades occidentales proclaman el culto a la autonomía personal, pero al mismo tiempo imponen normas de productividad, consumo y apariencia que transfiguran lo real. 

El masoquismo aquí no es físico, sino existencial. Encontramos así personas que internalizan la culpa por no alcanzar estándares inalcanzables (el «éxito», la «belleza», la «felicidad perpetua»), mientras que el sistema —sádico en su indiferencia— los castiga con exclusión o invisibilidad.

Por otro lado, figuras como los “influencers” o los nuevos líderes neopopulistas encarnan un sadismo performativo. Su poder reside en la capacidad de moldear deseos ajenos, de infligir —consciente o inconscientemente— ansiedad o admiración en sus audiencias.  Trump es el nuevo aprendiz de brujo que quiere mezclar su ley de la selva con el sadomasoquismo económico.

Por otra parte, las instituciones, desde los gobiernos hasta las religiones, tanto públicas como privadas han perpetuado históricamente jerarquías basadas en la coerción y el miedo. Sin embargo, en la modernidad tardía, el sadismo institucional se ha vuelto más sofisticado. Por ejemplo, el sistema financiero global opera como un ente abstracto que impone austeridad a las mayorías mientras protege los privilegios de una minoría. Los Estados, por su parte, aplican políticas de seguridad que normalizan la vigilancia masiva, justificando la invasión de la privacidad como un «mal necesario» para combatir amenazas difusas.  O tenemos sadismo institucional cuando la burocracia se empecina en ser estúpida, básica e irreflexiva frente a los problemas humanos cotidianos.

El masoquismo cultural se refleja en cómo las sociedades aceptan —e incluso idealizan— estas estructuras de sometimientos. El cine y la literatura están repletos de narrativas que romantizan el sufrimiento (el «héroe que se sacrifica») o la redención a través del dolor, perpetuando la idea de que la opresión es un camino hacia la purificación. Esto no es casual: como señaló Byung-Chul Han en “La sociedad del cansancio”, el neoliberalismo ha convertido la auto explotación en una forma de virtud.  Si, que te auto explotes tú mismo es lo máximo de la perversión sadomasoquista.

Esta dinámica también refleja lo que Herbert Marcuse denunció ya en los 60 del siglo pasado como «desublimación represiva»: la aparente liberación de pulsiones (agresivas, eróticas o contestatarias) canalizadas inconscientemente hacia formas que sostienen el sistema. Los influencers, por ejemplo, erotizan la autoexplotación, mientras los neopopulistas convierten el enojo social en un espectáculo de confrontación vacía, desviando la crítica estructural hacia chivos expiatorios.

Aquí, el sadismo no es solo un acto individual, sino una estructura mediática y tecnológica: algoritmos que premian la polarización, plataformas que monetizan la indignación y narrativas que reducen la complejidad política a duelos entre líderes carismáticos y sus «enemigos».

En este contexto, el placer sádico de dominar la narrativa dominante y el goce masoquista de someterse a ella se fusionan, creando un ciclo donde la transgresión se vuelve funcional al statu quo.

La Escuela de Frankfurt alertaría, sobre cómo estas figuras encarnan la paradoja última de la razón instrumental: la emancipación prometida por la tecnología y la democracia de masas se pervierte en nuevas formas de dominación psicopolítica.

Por ejemplo, la «liberación sexual» promovida por la publicidad o el entretenimiento masivo no cuestiona las estructuras de poder, sino que convierte el erotismo en un producto más, diluyendo su potencial subversivo. Esta es la paradoja de la desublimación represiva: lo que parece una liberación es, en realidad, un mecanismo de control más sofisticado.

La permisividad hacia la violencia en medios o en el entretenimiento (ej. películas, videojuegos) no es una ruptura con la represión, sino una forma de descargar pulsiones agresivas sin cuestionar el sistema que las genera. Movimientos contraculturales (como el hippismo o el punk) fueron absorbidos por el mercado, transformando su crítica radical en estética vendible.

Frente a este panorama, cabe preguntarse: ¿es posible subvertir estas dinámicas? Casanova, en su época, desafiaba las normas a través del ingenio y la transgresión sexual. Hoy, la resistencia podría radicar en idílicamente pensar en deconstruir los roles sádicos y masoquistas que internalizamos.

La metáfora sado-masoquista nos revela que las relaciones de poder no son estáticas, sino performativas. Cada acto de sumisión o dominación refuerza un orden, pero también puede fisurarlo. La tarea ética y política de nuestro tiempo no es erradicar el poder —una quimera imposible—, sino desvelar sus mecanismos y decidir colectivamente cómo queremos habitarlo. Casanova, desde su eterno escepticismo, nos recordaría que incluso en las cadenas más opresivas, siempre hay espacio para la ironía, la creatividad y, sobre todo, la rebeldía.

El sado-masoquismo social no es una patología, sino un síntoma de que el poder sigue siendo el gran tabú de nuestra época. Reconocerlo es el primer paso para dejar de actuar guionizados en un juego cuyas reglas no hemos escrito.

El sadomasoquismo es una metáfora útil para entender cómo en el planeta los discursos pueden perpetuar sistemas de opresión al normalizar el sufrimiento y desviar la atención de las verdaderas causas de la injusticia. Mientras los políticos hablan de sacrificio y unidad, la realidad de los oprimidos sigue siendo una lucha diaria por la dignidad y la supervivencia.

Si Casanova viviese hoy, probablemente sería un personaje incómodo: un crítico de la hipocresía que escondemos tras discursos de progreso, un provocador que desenmascararía las fantasías de libertad en un mundo hiperregulado y absurdo. Su legado, más allá del mito del seductor, nos invita a cuestionar cómo participamos —consciente o inconscientemente— en las redes de poder y la comunicación que nos oprimen, nos deforman y al mismo tiempo, nos definen. 

“El hombre sabio nunca podrá ser completamente infeliz.” Casanova.

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