18 abril, 2026
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En la vida se producen eventos no cotidianos, los que nos sacan de la rutina, de nuestro teatro de todos los días, son los que nos hacen entrar en crisis, y nos ponen en ascuas. Cuando se dan estos eventos que van desde la muerte de un ser querido, la pérdida de un amor, de una posibilidad de futuro, la desintegración de quien creemos que somos, hasta eventos no cotidianos y colectivos como un terremoto, una guerra, un desastre.

Mi pregunta es cuando estamos en alguna de esas situaciones ¿A qué nos agarramos mamá? Y pregunto así porque es una pregunta profundamente existencial de esas que hacen llamar a mamá.

¿De qué te agarras cuando no hay de qué agarrarse? Es una pregunta paradójica.

Pero primero hay que preguntarse, diariamente ¿A qué te agarras?

El ser humano suele aferrarse a diversas cosas, tanto tangibles como intangibles, dependiendo de sus necesidades, valores y circunstancias.

Nos agarramos a varias cosas, a una cierta ideología, una religión y principios morales o éticos que dan sentido a nuestra vida de una cierta forma.

También nos agarramos a ciertas relaciones personales como familia, amigos, parejas, o cualquier vínculo emocional significativo.

Otros se agarran al trabajo, al hogar, la salud, al culto al cuerpo entre otras cosas, o a posesiones materiales que proporcionan una sensación de seguridad. También hay los que se aferran a una persona.

Nos agarramos también a recuerdos, así como a expectativas y sueños que dan dirección a nuestra vida.

Y por supuesto nos agarramos a nuestra Identidad construida. El sentido de quién eres, incluyendo tu área cultural, nacionalidad, género y orientación sexual.

Y por último nos aferramos a nuestras costumbres y hábitos que nos brindan comodidad y predictibilidad.

Estos apegos pueden ser positivos si aportan equilibrio y bienestar, pero también pueden convertirse en obstáculos si impiden el crecimiento en la actual vida de cambios.

Lo que es cierto es que cuando entramos en el territorio de lo extra cotidiano y nos pone en crisis es cuando nos agarramos de lo que tenemos más a mano.

Y la esperanza siempre está a la mano y como dice el dicho es lo último que se pierde. Además, no cuesta nada. Uno copió esa actitud de otros, generalmente nuestros padres y de todo el contexto y la narrativa cultural de tu época.

Lo otro que también tienes a la mano es la fe, generalmente en algo superior, un dios, una inteligencia, un ser, un pariente muerto, etc. que escuchará tu petición y te ayudará, si te escucha.

Lo otro que puedes hacer es no pararle a la crisis y centrarte en el presente, en las pequeñas cosas que nos rodean, puede ayudar a encontrar momentos de paz. Cuando no hay certezas sobre el futuro, enfocarse en el presente puede ser una manera de mantenernos firmes. Vivir momento a momento, respirar profundamente y concentrarse en lo que está al alcance puede ayudar a llevar mejor la incertidumbre. Aferrarse a un propósito, un sueño o una meta puede dar sentido y dirección, incluso en los momentos más oscuros

También puedes ponerte terco contigo mismo y creer en tu propia capacidad para superar los obstáculos y para encontrar soluciones. Ser positivo a toda costa, ver el vaso siempre medio lleno y así tratar de vivir. Todo esto puedes rellenarlo con creencias nueva era, ecología, espiritismo y todo lo que quieras agregar para constituir tu folklor interior.

Pero hay otra posibilidad, la que apuestes a buscar en ti y te centres. Centrarse es estar alineado contigo mismo, tener confianza en ti y en la vida que es inteligencia.

Claro, toda solución que tenemos como humanos nos coloca en el campo de las expectativas y creencias. Pero es así.

En última instancia, cuando no hay de qué agarrarse, uno se agarra de la vida misma, de las ganas de vivir y de seguir adelante. Pero el problema es el día en que no te puedas más agarrar a la vida ¿A qué te vas a agarrar?

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