¿Es bueno amar el trabajo?
A inicios de año, mi psicóloga me pidió hacer una lista con mis logros del 2024. Al principio, mi mente solo consiguió ver lo inexistente: no me mudé, no tuve un hijo, estoy “sola”, no empecé la maestría, no hice una mierda.
Tras el llanto, vino la caminata y luego entré a un cafecito donde me animé a reintentarlo. Anoté varios logros pero noté que al menos cinco que estaban directa o indirectamente relacionados con mi carrera, mi trabajo, mi capacidad productiva, como quieran llamarlo.
Me sentí peor pero no entendí muy bien por qué. Al final, hallé dos “traumitas”:
1-Mis padres nunca estuvieron presentes, ni en la cotidianidad ni en los días importantes, porque siempre debían… trabajar.
2-De una u otra forma, yo reproduje el mismo patrón. Además, me enamoré de un oficio que implicaba guardias los fines de semana, feriados, etc, y, la verdad, fui feliz entre “tubazos” y “rayos”, aún cuando eso implicase no estar presente en navidad o año nuevo.
Constantemente me repetía que eso iba a cambiar el día que yo tuviese mi propia familia, hijos, etc, aunque por dentro no estuviese del todo convencida.
Después del ACV de mi padre, la pandemia, etc, algo en mis adentros se modificó, entendí que la vida requería un equilibrio, que trabajar no lo era todo y menos si trabajabas para otros.
Acto seguido, construí mí propia formula: logré por fin trabajar en mis propios tiempos, ritmos, condiciones, para otros pero también para mi, con mejores ingresos que antes, etc.
Pero aún así… trabajaba mucho, muchísimo, aunque eso implicara problemas con mi pareja.
Entonces me tocó admitirlo: me gusta mi oficio, me apasiona, no me imagino mi vida sin cazar historias, sin escribir, sin pautas de grabación, vivo haciendo entrevistas sin que los entrevistados lo noten. Lo que hago atraviesa lo que soy, lo habita.
Sin embargo, todo esto abrió y mantiene abierto un debate en mi cabeza: ¿es bueno amar el trabajo?
La escritora estadounidense, Sarah Jaffe, plantea en su libro ‘Trabajar. Un amor no correspondido’ que “enamorarnos del trabajo es la última gran trampa del capitalismo (…) da igual si te apasiona lo que haces” pues el sistema nos vendió que el trabajo no sólo iba a proporcionarnos buenos sueldos, sino que también nos realizaria, le daría sentido a nuestra vida, nos haría felices y, en cambio, nos quemó: salarios malos, el costo de la vida no para de crecer, trabajamos más que antes, atendemos requerimientos a toda hora, etc.
A la par, dice Sarah, el sistema consiguió que esa carrera por la “autorrealización” nos alejara de nuestros cuerpos, sexualidad, afectos. Ante esto, de hecho, surgieron filosofías que hoy marcan tendencia: el ‘Quiet Quitting’ (hacer lo mínimo imprescindible en el trabajo en lugar de darlo todo) o la ‘Quiet Ambition’ (priorizar la salud mental y no el ascenso laboral).
“La idea de que nos tiene que encantar nuestro trabajo es un invento moderno del capitalismo, lo habitual durante toda la historia de la humanidad era algo tan obvio como asumir que el trabajo era un terrible castigo bíblico que estábamos condenados a sufrir. Al fin y al cabo, los ciudadanos libres en la Antigua Grecia despreciaban el trabajo y lo consideraban algo propio de los esclavos. Durante años, se esperaba que la gente trabajase porque no tenía otra opción. Y seguimos sin tenerla, pero ahora con la presión añadida de que en el trabajo debemos encontrar algo que nos llene y satisfaga”, escribe Sarah.
Y es cierto. Pero, pero, pero… algunos psicólogos, como el propio Freud en su momento, creen que “el amor y el trabajo” nos hacen “saludables”, es decir, cuando una persona es feliz con quien está y es feliz con lo que hace, estará sana. En cambio, cuando alguien está en un vínculo donde sufre o trabaja en un lugar donde la pasa mal, se va a enfermar.
El psicólogo y psicoanalista argentino, Gabriel Rolón, aún defiende que esto es así:
“El amor y el trabajo son las dos grandes columnas de la vida. Muchas veces cuando falla una, nos apoya la otra. Ejemplo: nos deja la persona que amamos pero por suerte en la mañana nos tenemos que bañar, peinar, vestir, porque hay que ir a trabajar y en el trabajo la pasamos bien, somos creativos, nos gusta lo que hacemos, nos reconocen, tenemos amigos, hablamos, contamos nuestra tristeza, nos sostienen”.
Antes de oírlo, yo pensaba exactamente lo contrario, que el sistema era tan cruel que nos obligaba a trabajar con nuestros duelos encima incluyendo rupturas, muertes, etc. Pero Rolón, que tiene más décadas atendiendo pacientes que yo escribiendo, asegura:
“He visto a muchísimas personas que han salido de un duelo tremendo, de un abandono, de una pérdida muy difícil de superar, gracias a que trabajaban y estaban haciendo algo en lo que eran felices, algo que soñaban (…) lo que debemos buscar es estar en un buen amor y trabajar en condiciones donde uno se sienta feliz. Con estas dos cosas, el mundo tendría menos agresión y violencia”.
Tanto el sistema como el Estado deberían escucharlo, quien quita y tal vez tenga razón.
Por: Jessica Dos Santos / Instagram: Jessidossantos13
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